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Mensaje por PolarWyvern 9/10/2020, 8:02 am

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UPDATE 06/08: Debido a las altas limitaciones del foro respecto a la normativa, me veo en la obligación de hacer la publicación en el wattpad y no aqui (Iba a ser en un principio simultanea, pero bueno). Aqui se notificara cuando se suba nuevo capítulo.


NOTA (02/04/21) : He publicado hoy el capítulo 2 en ambos sitios con apenas una hora aproximada de diferencia. Puede que a partir de aquí la publicación se haga más a menudo, o vuelva a la extrema procrastinación. Todo depende de mi estado de salud y de la universidad. Se que nadie lee, pero si escribiera esto por los demás y no por mi, nunca habría publicado nada.

NOTA: Tengan en cuenta que esto está publicado en wattpad y prevalece lo allí escrito. A lo que me refiero es que es la historia 'más actualizada' ya que allí hago los edits más a menudo y pueden variar algunos detalles/aclaraciones extras.


Capítulo I:

Dependiendo de a que se aplique, el número 176008 puede ser un intervalo efímero o uno extremadamente insoportable. Para ella, había sido lo equivalente a más de 482 años, y el haber llevado la cuenta quizá había sido la razón por la cual todavía no se encontraba sucumbiendo a la locura.
Quizá el hecho de no tener forma física la había hecho resistente a ese suplicio, o simplemente es que ya había entrado en un estado de psicosis lo suficientemente profundo como para que su propia consciencia perdiera la noción del dolor.


Sin embargo, la cuenta de los días que llevaba allí podía ser inexacta; se había guiado más por su instinto que por el intervalo de luz-oscuridad, el cual no siempre era fácil de apreciar debido a su posición.
A veces oía algún ser vivo, y en una mezcla de curiosidad y entretenimiento, se colaba en sus pensamientos durante unos segundos hasta que el huésped se alejaba demasiado o a ella se le agotaban las fuerzas.
Ya no lograba diferenciar entre día y noche, entre frío y calor, porque todo aquello podían detectarlo seres vivos. Y ella no lo estaba. Y comenzaba a sentir su energía vital palpitar débilmente, como un pequeño pez fuera del agua en sus últimos momentos de agonía que se sacude inútilmente para llegar a una orilla que jamás alcanzará.
Para aminorar esa sensación de horror que sienten todos los seres vivos que están a punto de perecer, comenzó a aletargarse para no notar la pérdida de la vida que se le escapaba ininterrumpidamente.


Aquel día algo interrumpió su descanso, revolviendo la tierra que se encontraba a unos centímetros de su prisión. No se emocionó demasiado; al fin y al cabo, eso ya había pasado antes, y aunque ese algo o alguien que estaba hurgando en el suelo encontrara el cristal donde encerraron su esencia, no lograría romper el maleficio. La luz entró débilmente por los huecos entre la escasa tierra que estaba sobre su cárcel mágica, dándola el regalo de la tibia luz del sol hasta que algo volvió a obstruir el agujero. Por la esencia de aquel objeto, parecía un árbol diminuto, o quizá hasta un esqueje. No podía creerse que justo en ese punto de todo el planeta a alguien le hubiera dado por replantar un bosque. Realmente los humanos eran extraños, pero parece que incluso desde la ignorancia seguían siendo un estorbo para otros.
Cuando notó que la persona se había ido, incomoda por el hecho de que a alguien le había parecido cómico usarla a ella de sustrato para plantas, proyectó una mísera cantidad de su energía a propulsar la pequeña planta a unos metros. La energía, sin embargo, solo fue suficiente como para desplazarla unos escasos centímetros del propio agujero, pero era lo suficiente como para liberar el agujero de aquel molesto objeto.


Pero el humano volvió; en contra de su deseo de poder estar sola, aquella persona había vuelto a aquel lugar, y eso era un contratiempo imprevisto.
Al acercarse al agujero, pudo ver con más detalle a la persona culpable de toda aquella molestia; una niña, sin más. No era que le disgustaran más que los humanos adultos, pero al menos con los jóvenes era más fácil sacar algún beneficio debido a su ignorancia de lo que les rodeaba. No era experta en adivinar edades, pero aquella humana dando vueltas por el bosque debía rondar los 13 años, puede que incluso fuera una diferencia mayor debido a que no podía ver demasiado bien desde aquel ángulo.
Aquella joven observó el agujero como si este fuera a hablarla en cualquier momento, y después comenzó a mirar a su alrededor, posiblemente buscando a alguien, o puede que esperando no llegar a encontrarse a nadie. Al juzgar por su gesto, parecía más interesada en lo segundo, que por suerte parecía ser así, por lo que se apresuró a volver a colocar el árbol en su agujero. Pánico por más años de interminable oscuridad, o quizá mero deseo de poder seguir viendo la luz durante todo el tiempo posible, pero por absoluto instinto, alzó la voz en un "No" tan resonante como una avalancha furiosa.


Fue más que suficiente para que la joven cayese de espaldas de la impresión, de una voz súbita que parecía no tener un origen fijo, pero había sido capaz de levantar el viento en el lugar. Allí no había nada, ni nadie, y sin embargo había sido una voz tan poderosa que parecía como si el suelo se hubiera quebrado bajo sus pies en desaprobación. Intentó hablar, preguntar quién estaba allí, pero no fue capaz de hacer más que observar sus alrededores en alerta durante unos segundos donde no hubo reacción alguna. Así que decidió salir de allí lo más rápido posible, apresurándose a plantar de nuevo el árbol antes de irse, pero el agujero se había tapado ligeramente por alguna misteriosa razón, así que escarbó rápidamente para poder acabar su cometido y volver a algún lugar que sintiera más seguro.
Pero ahí había algo más. Algo frío, capaz de helarle las yemas de los dedos con el mero contacto de estos con la superficie de aquel objeto. La curiosidad, un resorte que pone en marcha un efecto mariposa incierto en el mundo, bien sea positivo o nefasto, la llevó a retirar ese poco más de tierra que la revelaría que había ahí abajo.
Para la criatura encerrada allí dentro, al principio, tras darse cuenta de que había revelado su posición no fue demasiado dilema. Tarde o temprano, la curiosidad humana habría llevado a alguno de ellos a encontrarla. En aquel momento no había ningún sentimiento claro o predominante. Al igual que la chica, sentía curiosidad por el siguiente evento que pasaría, pues más allá de eso estaba segura de que ni aquella imprudente joven o cualquier persona que pudiera conocer fuera capaz de liberarla. Por tanto, era como un viaje de exploración que le serviría para saber que hacen los humanos en un día normal de sus efímeras y monótonas vidas mortales.
Sin embargo, sabía que el más mínimo contacto sería suficiente para mostrarle a aquella chica lo lejos que estaba de poder soportar la magia en su pequeña mano. El ser humano no estaba hecho para soportar la magia en condiciones normales; requerían práctica, entrenamiento, un don quizá,...pero un humano sin más posiblemente se volatilizaría con la cantidad indicada de magia. Puede que incluso con un mero contacto.


La mano de la chica intentó rodear aquel objeto, y ante aquel frío punzante, la retiró, confusa acerca de a que se enfrentaba. Sacó del bolsillo de su abrigo un guante, convencida de que aquello sería suficiente, pero de nuevo aquel horrible frío incesante. Comenzó una pelea inconsciente entre la magia y la curiosidad humana, donde la insaciable curiosidad mortal ganó de forma pírrica.
Le ardía la mano, como si la hubiera mantenido hundida en aguas heladas durante minutos, perforándola el hielo como si fuera millones de alfileres; la sentía, pero escocía y costaba moverla, pero lentamente comenzó a recuperar la movilidad sin quitar de su cara aquella mueca de dolor.
La curiosidad llevaba siempre a las criaturas a hacer cosas dudosamente sanas, que en causas normales no se realizarían, pero dicho instinto o deseo no era capaz de aminorar el dolor que pudieran generar sus consecuencias.


El objeto que la había generado tanto dolor parecía una piedra preciosa; muy transparente, de un tono aguamarina brillante en el centro, que parecía desplazarse lentamente en contraste con el suave color azul celeste del resto del objeto. Por su forma ovalada carecía de bordes, de un tanto suave, y aunque parecía tener un aspecto frío, como si se tratase del propio corazón de un abismo insondable, aquella sensación estaba comenzando a dejar de existir. Como si fuera parte de ella.
Incluso aquello sorprendió a la criatura captiva en el interior de aquel objeto. No era un tema de compatibilidad con la magia, pues aquello realmente no existía con los humanos, ni tampoco era que ella le estuviese "permitiendo" tocarla; puede que porque su poder se había debilitado exponencialmente o mera suerte, pero aquella humana sostenía ya aquella piedra como si de un guijarro corriente se tratase.


No, no podía ser suerte. Por descarte tenía que ser que se estaba muriendo, incapaz de ser una amenaza incluso para humanos. Satisfecha con el hallazgo, la joven colocó el árbol en aquel hueco, sin ningún otro obstáculo mágico para evitarlo, e introdujo aquel objeto precioso en su bolsillo.
Las protestas de la presa en su interior no solo no podían oírse, si no que eran inútiles. Sentía a la chica desplazarse, posiblemente a su casa, donde acabaría colocando aquella bonita gema en algún lugar visible de su pared para jactarse de su descubrimiento arqueológico hasta que perdiera el interés por aquel descubrimiento o lo extraviase.
Era incapaz de reconocerlo, pero el calor dentro de aquel bolsillo era agradable, nada que ver con la humedad lodosa del suelo al que había estado acostumbrada por casi 5 interminables siglos. El calor no era su fuerte, prefería el frío, pero la humedad en exceso la había aborrecido durante todo su encierro. Fue hasta el punto que juró que, si alguna vez se volvía a encontrar con una sierpe mefítica, si es que realmente quedaba alguna, la ahogaría en los pantanos que tanto aparecían y ella tanto detestaba.
Sin embargo, si quería saciar su propia curiosidad y conocimientos escudriñando las mentes de los humanos que iba a encontrarse a partir de ahora, debía guardar fuerzas. Dentro de aquel estrecho abismo que la contenía contra su voluntad, comenzó a volver a entrar en uno de sus muchos letargos para poder sobrevivir un día más aunque fuera.


La tarde iba echándose encima, y a pesar de sus esfuerzos, llegó a casa cuando apenas debían quedar unos minutos para la completa noche. A pesar de ello, había bastante bullicio por las calles bajo la tímida luz de las farolas recientemente encendidas por la combustión del gas de su interior, así que podía entenderse que había una total ausencia de peligro a su alrededor. Sin embargo, era quizá la hora lo que más le preocupaba; en sus frecuentes salidas a las zonas circundantes de la villa y a la zona costera solía perder la noción del tiempo y, casi siempre, dejar olvidado en algún lugar de la casa su reloj de bolsillo, que nunca llegaba a mirar los días que llegaba a casa a horas tardías. Todo esto se traducía a que, realmente, no importaba si tenía o no un reloj, pues siempre acababa llegando tarde.
La gente se arremolinaba en los exteriores de locales esperando su turno para poder acceder a ellos y poder adquirir alguna consumición, o simplemente charlaban con conocidos acerca de diversos eventos de poco interés. Aún era pronto como para que las cosas se pusieran rudas por allí, pues normalmente durante las horas más tardías aquellos a los que pocos les importaba el efecto del alcohol iniciaban sus clásicas peleas nocturnas que rápidamente solían ser disueltas por los propios propietarios de los bares.


Sin embargo, lo único que le interesaba de algún modo de vuelta a su casa era el mercado nocturno que se formaba en una de las calles cercanas a su casa, del cual muchos evitaban las zonas referentes a todo lo relacionado con la supuesta magia; desde los dudosos adivinadores del futuro de una persona, hasta siniestras tiendas semiocultas en las sombras cuyos dueños nunca dejaban ver sus rostros o cuerpos, sino que solo se apreciaban sus siluetas cubiertas en sus oscuras capas en limitadas ocasiones, no dejando ver ni siquiera sus pies. Los bordes de sus largas vestimentas se arrastraban por el suelo a cada paso que daban mientras se desplazaban entre sus tiendas de telas y pieles.
Pero a ella aquello le fascinaba; observaba con detenimiento, pero a una distancia, los dibujos de las pieles que decoraban aquellos puestos ligeramente siniestros. Entre símbolos que no era capaz de descifrar, todos compartían el mismo motivo; la silueta de un cuervo rojizo, en ocasiones algo difusa por el paso del tiempo y la erosión, pero siempre adornando el exterior de la mayoría de aquellos recintos. Para ser exactos, solo todos aquellos que tenían un aire de secretismo poseían no solo dicho aspecto de pequeña tienda hacinada y poco cuidada, sino también aquel recubrimiento exterior de pieles curtidas llenas de aquella simbología.


La noche ya se había apoderado de aquel lado del mundo, donde la luz de la luna acompañó al de las calles nocturnas del pueblo, así que llegar a su casa ya era un tema de importancia. Se apresuró calle arriba, dirigiéndose a su casa y extrayendo del bolsillo una llave que había conseguido encontrar en uno de los cajones de la habitación de sus padres. Muy posiblemente no echaban de menos aquella copia, así que no era arriesgado seguir con aquella estrategia siempre que llegara antes que sus padres a casa. Por suerte para ella, les había sacado los minutos justos de ventaja como para que pareciera que había estado en casa todo el día.
Una voz familiar, aunque no bienvenida para ella, dijo su nombre. Prefería que le comiera alguna criatura de los confines del subsuelo, darse la vuelta y esconderse en algún lugar, pero aquella persona y sus acompañantes ya la habían cortado el paso.


-¿estás pasando de mi?


Aquellas palabras con tono burlón no la hacían mucha gracia; es más, la horrorizaba la propia presencia de todas aquellas personas a su alrededor. Quizá era su estatura menor a la de ellas, que no era algo que mejorara la situación, o que prácticamente no mostraba señales de oponerlas resistencia alguna al sentirse intimidada, o una mezcla de todo lo anterior.


Hacía cerca de 5 años que se habían mudado, a una distancia de unos doscientos kilómetros, por necesidades de trabajo de sus padres. Recordaba poco acerca de si había tenido realmente amigos en su tierra natal, pero al menos allí se había sentido protegida. Desde entonces, no se había llevado realmente bien con nadie, o al menos se sentía como si fuera un extraño. Pero lo peor era la sensación de rechazo, de que no encajaba en aquel lugar, de que cada vez que pisaba el colegio no lo hacía con intención de aprender algo si no de convertirse en el objetivo del acoso de aquellas personas.


-Te he hablado, ¿estas sorda ahora también, bicho raro?


Se limitó a morderse el labio inferior y poner la misma cara de siempre; de ganas de largarse de allí, de que la dejaran en paz. Ya ni siquiera entendía el porqué de aquella situación, del mismo modo que tampoco sabía cómo frenarla; a pesar de los intentos de sus padres por presentar quejas y calmarla, parecía que todos los demás hacían la vista gorda o les importaba más el prestigio que solucionar un problema de acoso. Pero eso ella no lo imaginaba, ella solo pensaba en esperanzas y soluciones que no llegaban nunca, de sensación de desolación que nadie a excepción de su familia quería paliar.
Aquella persona se puso a su lado mientras las demás se quedaban atrás, observando. La murmuró al oído, esforzándose por saborear cada palabra, de asegurarse de satisfacerse con el rostro de quien ella consideraba merecedor de aquel trato.


-Mejor muérete si no sirves ni para hablar


La frustración se mezclaba con su incomprensión, pero aquella sensación pesada que golpeaba su pecho en aquellas situaciones no evitaba que escuchara todo. Sin embargo, siempre la paralizaba el miedo porque las cosas pudieran empeorar incluso más allá de su propia imaginación en aquel momento.
Se fueron de allí, no sin antes empujarla hacía la pared con desprecio, riéndose de forma cruel mientras se regocijaban en sus propios comentarios calle abajo.
Solo le dio tiempo a apresurarse a abrir la puerta de casa, ciega de impotencia y cerrar la puerta a sus espaldas con desgana. Arrojó llena de frustración su abrigo a la cama y se dejó caer sobre ella, donde rompió a llorar durante unos minutos hasta que pudo controlar aquella creciente frustración, recuperando la compostura finalmente.
Se culpaba de ser débil, de nunca tener valor para detener aquello, e incluso sentía que era su culpa. Quizá en algún momento si que pudo haberlas hecho algo horrible para ellas que las impulsó a atormentarla de aquella forma.


El dolor de aquella persona podía sentirse desde lo más profundo de la prisión mágica en la que su alma se encontraba confinada. Hacía unos minutos que había estado en reposo, inconsciente de sus alrededores, pero parece que algo la había quitado el sueño. A pesar de lo poco que los humanos la interesaban en cuanto a sus problemas personales, quizá el hecho de haber estado casi 500 años en total soledad la hizo sentir una muy vaga empatía por ella. Quizá solo había sentido curiosidad, pero aquella persona la había sacado de debajo de la tierra, algo que nadie había hecho por ella en casi cinco siglos, y quizá aquello significara algo en particular. O quizá solo había sido suerte por parte de la joven.


El sonido de la puerta en el piso inferior hizo que se secara las lágrimas rápidamente, levantándose para sentarse frente a su mesa en un intento de fingir la situación mientras ojeaba el libro que había estado leyendo antes de decidir que había sido una buena idea salir fuera. La que abrió la puerta fue su madre, que llegaba a la hora habitual, por lo que no faltaba mucho para que su padre llegara también del trabajo. Subió las escaleras y se asomó al interior de la habitación, donde buscó a su hija.




-Hola cariño, ya llegué, ¿cómo has estado?


-...Bien, leyendo -puso todas las ganas que pudo en sus palabras, y parecía que su madre no sospechaba nada-


-Tu padre vendrá enseguida del trabajo. Seguramente ya esté de camino con tu hermano.


-Cierto, hoy tenía esa fiesta en casa de Ryan... -Pasó una de las hojas sin mucho interés en lo que ponía, ya que incluso si estuviera prestando atención, aquellas hojas no le interesaban tanto como las que estaban un poco más adelante- ¿cenamos luego? -preguntó con el fin de intentar hacer la conversación amena, escondiendo su dolor en cada palabra, tiñéndolas de una falsa alegría. Si no lo había conseguido, al menos sí que consiguió que no pareciera que estaba demasiado disgustada como para responderla. NI siquiera se atrevió a darse la vuelta por miedo a que su rostro reflejara demasiado bien la situación, así que todos sus esfuerzos, aparte de en no llorar, estaban en fingir-


-Claro hija, en cuanto ellos lleguen -sonrió- baja luego a poner la mesa -pidió mientras cerraba la puerta, dejando solo un pequeño espacio de esta abierto-



Un fugaz recuerdo despejó ligeramente sus preocupaciones en aquel momento; recordó aquella extraña piedra que había encontrado. Competía con las cabañas de los cuervos rojos calles más abajo en cuanto a misterio, y ya que no podía saber que había dentro de ellas por miedo a que realmente algo peligroso habitara en ellas, quizá esto si pudiera investigarlo.


En su afán de curiosidades que pudiera ocultar el aparentemente simple mundo que la rodeaba, se había hecho con suficientes libros que hablaban de leyendas y mitos que habían pasado de generación en generación entre las personas, narrando batallas contra criaturas de múltiples tamaños y formas que eran capaces de someter ejércitos enteros con su fuerza y poder. Seres nunca vistos que eran capaces de dominar cualquier lugar, incluso los que los humanos evitaban por los peligros que rodeaban aquellos lugares, conectando con fuerzas de la naturaleza que el ser humano no era capaz de comprender y voces que no les era posible percibir.
Aquellos libros los había conseguido gracias a sus padres, debido a que ellos tenían facilidad para hacerse con esos libros considerando el hecho de su libre acceso a los depósitos de libros de las bibliotecas de investigación. Habían conseguido llevarse algunas copias de los originales sin dificultad cuando se mudaron, y aunque ahora era posible que pudiera obtener acceso a más libros que le pudieran haber interesado, a decir verdad, los vigilantes del depósito de libros de puertoblanco no eran tan propensos a permitir que sus trabajadores, por muy fieles que fueran, se llevaran una copia a sus casas. Realmente echaba de menos Tarnorn y los recuerdos que allí había dejado, pero lejos de poder solucionar aquello, ahogó su desaprobación en la búsqueda de algo que explicara el porqué de aquella piedra. Podría preguntarle directamente a sus padres, pero la atraía más realizar una primera investigación independiente.


Aquella especie de enciclopedia estaba llena de ilustraciones a mano que describían y revelaban el aspecto de múltiples criaturas, fauna, geología y fenómenos que se creían relacionados con la magia. Sin embargo, debido a la negación que tenía aquel continente contra la magia que se decía que si existía en otros rincones del mundo, es que todo aquello lo hacía ver como meras historias fantásticas de un mundo que nunca existió. Lo único que tenía claro es que no era una gema sin más.

Se apresuró a cogerla para poder observarla más de cerca, pero se paró en seco; anteriormente, sabía el daño que la había hecho, y posiblemente fuera peligrosa, así que optó por volver a sostenerla con sus guantes, aunque la primera vez apenas fueron de ayuda. Sin embargo, esta vez no hacía nada, no heló sus manos. Parecía inerte, pero conservando su brillo inicial, quizá ligeramente más débil, pero existente. La posó junto al libro y lo abrió.

Dejó que las hojas pasaran rápidamente para llegar hasta la sección del libro que describía hallazgos de minerales y piedras que emanaban energías primigenias, provenientes de la propia magia que se mantenía latente en el mundo. Había ilustraciones de todo tipo; gemas que almacenaban la energía para poder usarla como batería en algún mecanismo, piedras de transmutación, de energía pura y vinculadas fuertemente a un elemento o propiedad, siendo capaces de emanarla con fuerza, aparentemente sin fin,... pero nada sobre aquella piedra en concreto, ninguna encajaba con las descripciones; cuanto más la observaba, menos le parecía una gema de verdad y más un objeto exótico, como de otro mundo.


Intentó buscar en otras partes del libro en caso de que aquella extraña piedra pudiera aparecer, sin ni siquiera ignorar apartados donde hablaran de cosas que, a simple vista, pudieran tener nula relación. Prácticamente ignoró la llegada de su padre y su hermano a casa, a los que saludó de forma rápida y sin mucho detalle.
Nada, no había nada que encajara con la descripción.
Comenzó a pensar que quizá había puesto mucho empeño en encontrar algo que no existía, con su posterior decepción acerca del tema. Y entonces, en la siguiente hoja, algo la llamó la atención. Algo en lo que no había reparado; la similitud de los símbolos que se encontraban en la hoja que había abierto de forma aleatoria y los de las tiendas cubiertas de pieles en aquellas oscuras calles. Y hablaba también de artefactos que, en su forma, se parecían a la piedra en cuestión. Casi no podía contener su alegría cuando los dibujos y descripciones se asemejaban a lo que buscaba.


-Krystalis octarino -leyó para sí misma- Gemas de pura magia y talladas con gran artesanía, capaces de contener los espíritus de criaturas, incluso tras la muerte de sus cuerpos, durante siglos.


Observó tanto el objeto como las ilustraciones con detenimiento minucioso. Si era verdad aquello, algo vivo podía estar ahí dentro, y la atemorizaba la idea de que pudiera tener malas intenciones. Aún así, de nuevo su curiosidad la impulsaba a saber más, a seguir leyendo.


-...Durante el conflicto de las edades, entre los utenmagis y los blodmagis, los seres humanos y los 'sangre mágica', fueron usadas para capturar las almas de las criaturas nacidas de la magia cuando cuerpos ya no eran capaces de soportarlas. Para su liberación se requiere un nuevo recipiente, un nuevo cuerpo de carne o magia, para que dichas almas sean capaces de perdurar en el mundo físico. La duración del alma en su interior es indefinida, siempre que el krystalis octarino posea aún energía en su interior para alimentar el alma que contiene.


Aquello no parecía real, y tampoco sabía si querría que lo fuera; si realmente había algo ahí dentro, era tan emocionante como terrorífico tener el alma de una criatura que posiblemente fuera capaz de reducir a escombros ciudades enteras en una sola noche. Sin embargo, también la fascinaba el hecho de que tenía cerca de ella algo que quizá jamás podría ver con sus propios ojos debido a las circunstancias. Aquello que se llamaba 'krystalis octarino' parecía estar relacionado con los residentes de aquellas siniestras tiendas asentadas en el callejón, por lo que se había convertido en la excusa y razón perfectas para entrar en aquel lugar para saber aún más.


La llamada de su madre, algo impaciente por el hecho de que aún no había bajado a cenar, la sacó abruptamente de su fantasía. Colocó rápidamente el krystalis octarino en un cajón de su mesa, tapándola con una tela, y bajó.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, deseó que fuera mañana.

Capítulo ll:
La total ausencia de luz desde dentro de aquel espacio cerrado no era muy diferente a la que estaba acostumbrada a sentir por siglos bajo capas de húmeda tierra. Sin embargo, agradecía de algún modo haber dejado el suelo por el que había 'vivido' tantos años, teniendo por fin una rutina algo diferente con la que entretener el resto de su escasa existencia.

Aún tenía esa sensación de agotamiento encima, producto de siglos sin poseer un cuerpo; a pesar de lo que uno podría llegar a pensar, el cansancio no se limita solo a la percepción física, sino que las almas eran también capaces de sentir dicha sensación. Si aquellos iban a ser sus últimos días, al menos no serían desagradables.

Su reticencia al contacto humano luchaba contra su curiosidad, todo en un conflicto de ideales demasiado complejo como para ponerle un fin en aquel mismo instante. El ser humano era bien conocido no solo por su simplicidad frente a otras especies, sino también su pedante osadía, su creencia personal de que eran una especie superior e incluso afirmando ser la cumbre de una pirámide de seres vivos que ellos mismos habían creado en sus frágiles mentes. Aquella construcción fabricada humana se fundamentaba en que hacía años que los demás seres mágicos habían visto reducido su número a tal punto de, actualmente, considerarse extintos y erróneamente leyendas de seres fantásticos que contar frente a las llamas de la hoguera para asustar a los de corazones frágiles.

Los blödmagi; todo ser cuya sangre y alma estaba vinculada a la magia. Ahora eran considerados como historias para dormir a los niños traviesos. Desde que las últimas generaciones humanas nunca fueron capaces de ver uno con sus propios ojos, vivían en la falsa seguridad de que algo que consideraban irreal pudiera volver.
La magia existía aún así, pero había sido olvidada e incluso vista como un tabú. Lo había sentido durante los años en los que estuvo ahí dentro encerrada, esperando una muerte segura. Poco a poco, como si se tratara de agua goteando sobre el ávido suelo arenizado, la magia había entrado en un letargo mortal que había supuesto su lenta y agónica muerte. No era total, porque eso hubiera significado su muerte hace tiempo. Pero los resquicios de magia no eran suficientes para mantener con vida a todos los blödmagi por mucho tiempo.

Mientras sus pensamientos sobre el fin tráfico que había tenido la magia en aquel mundo inundaban su conciencia, notó la presencia de la chica entrar. Parecía agotada, no tanto como ella, pero si lo suficiente como para percibirlo desde unos metros. Pero más que agotamiento, se sentía como una profunda frustración que emanaba de ella, aunque no profundizó en detalles y dejó de prestar atención en los problemas que pudiera tener un humano.
Ahora su mayor preocupación era sobrevivir, aferrarse a una posible futura posibilidad de recuperar su libertad. Su curiosidad no podía competir contra eso, y los problemas que tuviera una niña no eran los suyos. En verdad, en el fondo agradecía el fortuito milagro, pero no sentía nada más allá de aquello.

Entró en letargo para ahorrar energía, que era lo más parecido a dormir para un cuerpo tangible. A diferencia de este, un alma despojada de su cuerpo no era capaz de soñar, así que durante su letargo el tiempo pasaba de forma natural, segundo a segundo, sin poder eliminar aquella sensación de pesadez.

El tiempo pasaba lento a su alrededor, así que su único pasatiempo era hundirse en el plano inmaterial y buscar algo que llamara su atención. De todo el tiempo que había pasado así, los últimos 400 años habían sido una sucesión de repeticiones del mismo ambiente, de la misma falta de magia y vida rodeándola, un recordatorio de lo que a ella le esperaba en un futuro más o menos cercano. Dejó su consciencia desvanecerse hasta caer en letargo, sacrificando la capacidad de sentir su alrededor a cambio de más tiempo prestado.

A unos metros, aquella chica no podía dormir, o ni siquiera ponía un interés fijo en intentarlo. Llevaba un tiempo indefinido observando el techo de la habitación, de vez en cuando se movía y miraba a un lado, atendía a los ruidos nocturnos, o simplemente escuchaba el silencio

Quizá la frustración la había bloqueado; pensar en la situación que había surgido de regreso a casa no era para nada agradable, y se repetía de forma similar con frecuencia cada día que Tanya se acercaba a ella. Ella y aquellas dos matonas que tenía por amigas la hacían la vida imposible sin que a ella la viniera a la conciencia una sola situación en la que las hubiera llegado a provocar.

Los recuerdos de su infancia más joven eran demasiado imprecisos y borrosos como para relacionar alguno con una situación que se pudiera catalogar como un catalizador de aquel odio hacia ella. Por mucho que se esforzara en entenderlo, lo único que había conseguido era hacerse más daño, y uno de los pocos oasis que le quedaban lejos de aquello era su casa. Con el tiempo había logrado fingir con bastante eficacia el creciente problema que la atormentaba cada día, pero eso solo funcionaba como una coraza al exterior del problema.

El dolor seguiría dentro. La soledad se mantendría como una mezcla volátil que amenazaría permanentemente con estallar con cada situación nueva. Las mentes jóvenes e inocentes son fáciles de invadir, de contaminar, de destruir, y poco a poco la ácida situación la erosionaba. Pero aún así, si era capaz de comprender el sufrimiento de sus padres cuando les explicó su problema. Ellos intervinieron, no hubo demasiado revuelo y nadie tachó de abusivo el trato que ella había recibido, pero lo que los demás vieron como una tontería de niños se fue convirtiendo en la razón de sus largas noches de insomnio. Y para evitar un mal día a la familia que tanto amaba, había estado subyugada a soportar la agonía de sentirse fuera de cualquier lugar.

El sueño fue devorándola no solo a ella, sino también a la tensión que tenía en el cuerpo y todas sus preocupaciones. Era consciente en el fondo de que, al día siguiente, la realidad la golpearía como una jarra de agua fría, pero la efímera sensación de paz entre aquellas sábanas era de las pocas cosas que calmaban su mente confusa.

El viento soplaba con ligera intensidad, con rachas de viento ocasionales que hacían silbar las tejas. Una llovizna suave pero continua dominó las calles, expulsando a los pocos que aún se mantenían a la intemperie a buscar refugio. Los bares calles más abajo se abarrotaron como cada noche, coincidiendo con el inicio de los espectáculos nocturnos de diversa índole. Los menos cuidadosos, que ya habían sobrepasado el límite de tolerancia de alcohol para ellos, se tambaleaban por las calles antes de dejarse llevar hasta la próxima taberna o su propia casa, no sin antes muchos de ellos tropezar repetidas veces seguido de improperios y balbuceos sin destino claro.

De las exóticas y hacinadas tiendas localizadas en aquel callejón, durante la noche se fueron vislumbrando lámparas de aceite iluminando las figuras que viajaban entre los habitáculos. A veces salían al exterior, extraían cajas de madera exquisita y bolsas de cuero ennegrecido, y las llevaban a otra. Era una acción frecuente, pero aquella noche el movimiento de material era mayor.

El vaivén errático de uno de ellos lo llevaron a tropezar en aquel callejón siniestro. La sarta de injurias entre balbuceos que salieron de su boca fue innecesaria para ser descubierto, ya que su mera presencia ya había sido suficiente para llamar la atención de aquellas personas. Una de ellas le hizo una señal a su compañero, para indicarle que fuera en su lugar.

-Ve, me encargo yo de esto -recogió la bolsa de su compañero y se alejó hacia el fondo del callejón, dejando el trabajo a buen recaudo-

Nadie se acercaba por allí, y si era solo un borracho seguramente nadie hiciera preguntas. Sin embargo, tendría que echarlo sin llamar mucho la atención, así que lo más sigiloso quizás fuese la intimidación. Bajo la capa sus dedos rozaron gentilmente el cristal pequeño localizado que guardaba en el bolsillo interior; tenía un color púrpura con vetas verdosas, del tamaño de una pequeña esquirla en forma de rombo bruto de unos 6 centímetros.

-Váyase de aquí -sentenció una voz femenina bajo la capa. Más que amenazadora, quiso sonar autoritaria sobre aquel hombre-

-Oh, no seas...así, guapa -eructó tambaleándose sobre la pared- Que haces aquí tan sola a estas horas? -mostró su intención de acercarse cuando se separó de la pared e intentó abrazarla-

Ella lo sostuvo de los hombros antes de que cayera, de modo que se encontraron cara a cara. El aliento nauseabundo a litros de alcohol concentrado golpeaba su rostro, era repugnante, pero iba a mostrarle algo aún más hediento y tenebroso.

-¿guapa? -bromeó con descaro mientras clavaba en él sus ojos verdosos en los de aquella persona, al que el alcohol no le dejaba ver el problema al que se enfrentaba- No creo que estés tan seguro de eso ahora

Sus ojos se tornaron en un instante en los de una víbora, deformándose lentamente su rostro, volviéndose bífido lentamente. La tonalidad de su piel comenzó a volverse morado verdoso a medida que se alejaba más y más de un rostro humano.
Mientras, parecía como si el alcohol en la sangre de aquel hombre se hubiera evaporado abruptamente. Abrió los ojos como platos mientras una densa atmósfera de miasma llenaba sus pulmones, comenzando a dificultarle la respiración. El horror en él se hacía más que obvio.

-¡S-Suéltame, bruja! -suplicó entre alaridos mientras intentaba escapar-

Ella no se lo puso difícil; se rió con un siseo y lo empujó ligeramente. El hombre basculó y logró torpemente recuperar el equilibrio solo para salir corriendo sin control como un pollo sin cabeza.

El rostro de ella volvió a la normalidad, pero seguía teniendo aquella mueca de burla hacia la reacción de aquella ignorante persona.
Se dio la vuelta y volvió a sus quehaceres, desplazando suministros entre los diferentes habitáculos.

-Veo que ya te has encargado del problema, Amber

-Sí, bueno, le tuve que enseñar los colmillos -cargó varias bolsas pequeñas en una mano y buscó algo que llevar con la otra-

-Vaya, creo que con un "Por favor" habría bastado -comentó en tono burlón, sin mucho atisbo de preocuparle la situación vivida a su compañera, ya que lo consideró una nimiedad-

-No creo que me fuera a escuchar de todos modos

Se separó de él, algo molesta por la falta de preocupación acerca del problema. El contacto humano la repugnaba, por no mencionar que la situación la había incitado a poder haber tomado alguna decisión de la que sabía que se habría lamentado más tarde.
Pero si no se había descontrolado enormemente la situación era porque su principal misión era la supervivencia, guardar fuerzas y salir de allí lo más rápido posible. No sabía por cuánto duraría el camuflaje que llevaban para pasar desapercibidos.

Una ráfaga de aire frío sacudió el callejón y la hizo estremecerse ligeramente, por lo que decidió alejarse hasta una de las tiendas más alejadas pero más grandes de todas. La tela granate oscuro se zarandeaba con el viento, dejando entrever de vez en cuando la entrada a la habitación. Sostuvo la tela con la mano y se introdujo en la estancia sin preocuparse mucho por quien pudiera estar dentro.

Un hombre encapuchado y una mujer, de mediana edad, conversaban en el interior a ambos lados de la mesa mientras marcaban con pluma localizaciones sobre un mapa envejecido. La mujer señaló un punto mientras se recogía su larga melena plateada y observó de reojo a Amber, a la que hizo una señal para que supiera que podía pasar. Mientras tanto, el hombre siguió ensimismado en su tarea de trazar líneas y circunferencias sin prestar atención a la visita.

-Hemos casi acabado con los transportes ahí fuera, aunque llevará tiempo preparar el transporte

-Aceléralo, no importa cómo.

El tono seco en la voz grave del hombre, que en ningún momento llegó a levantar la vista de su tarea, reflejó una notable tensión.

-...No creo que pudiéramos, sinceramente. -no entendía las prisas repentinas, ya que los días habían sido tranquilos, y se podría decir que siempre había sido así desde que llegaron-

El hombre se retiró la capucha, dejando que la tenue luz de las lámparas colgadas en el interior iluminara su rostro. Amber se encontró con dos ojos púrpuras intenso observándola con detenimiento, y con un rostro donde uno de sus lados presentaba pequeñas plumas de color oscuro en la barbilla. Solo observar aquello la hizo dudar, pero disipó sus dudas y puso en manifiesto lo inevitable.

-Nos estamos quedando sin tiempo -dictó el-

La mujer suspiró, señaló uno de los puntos del mapa y miró a la chica.

-Lo que Vordros quiere decir...es que nos hemos quedado sin tiempo. Tenemos que volver al bosque, buscar algún oasis mágico, quizá encontremos con que sobrevivir -trazó una línea con el dedo desde el punto donde se encontraban hasta uno de los círculos que habían dibujado-

La ruta los dirigiría hacia una zona que no habían explorado aún, en línea recta atravesando una zona montañosa para acabar en una zona en valle virgen, explorada pero sin restos de estar habitada por cualquier otro asentamiento. La falta de vegetación frondosa reducía las posibilidades de ocultarse, pero no era de mayor importancia si no había de quien esconderse. Sin embargo, aunque era un viaje de unos tres o cuatro días a paso moderado, el problema era más que visible.

-No podremos llevarnos todos los suministros encima, dejaremos mucho atrás

-Navír y yo lo hemos hablado. La energía de nuestras esquirlas de disformidad no podrá mantener el hechizo por mucho más tiempo

Amber lo sabía; aquellas plumas en su piel eran posiblemente la lenta pérdida de los efectos de la magia de conversión física. A medida que el hechizo perdiera intensidad, todos ellos comenzarían a agotar su propia esencia vital para poder mantener su capacidad de mantener a voluntad una de sus formas. Como cambiaformas, en circunstancias normales habrían sido capaces controlar ese cambio a capricho, pero se habían tenido que resignar a consumir magia externa para no agotar sus propias reservas internas. Si hubieran hecho eso desde un principio, ahora estarían muertos, y si se quedaban sin el efecto del hechizo, los matarían por verlos como monstruos.

-Dejó escapar un suspiro y los miró. Navír y Vordros parecían cansados, seguramente llevaban horas sin dormir, trazando rutas para llevar a salvo a todos los que se pudiera. Era duro, pero no tenía opción- Llevaremos solo lo indispensable entonces...

Amber se resignó a tener que asimilar que, ahora más que nunca, estaban en su límite vital. La magia moría, finalmente, y con ello lo haría una parte de todos ellos. Al compartir sangre humana de forma parcial, puede que algunos lograran sobrevivir con graves secuelas físicas y mentales; los testimonios de cambiaformas despojados forzadamente de su magia, la mayoría de veces, no se recuperaban del todo.

El daño físico era una tontería comparado con las secuelas psicológicas severas que se sufrían al perder tu esencia vital de aquel modo.

Y el mayor problema no radicaba en llegar o no a sobrevivir a esa situación. El peligro real venía con dichas secuelas; muchos, de seguir con vida, perdían la razón y solo veían como salida a aquel tormento mutilarse irreversiblemente hasta incluso fallecer. Mientras que otros, sin más, quedaban en un estado intermedio entre el monstruo y el humano, y perdieran o no su raciocinio, no les quedaba sitio en el mundo donde sentirse amparados.

Salió de la estancia con una sensación de incomodidad general en el cuerpo, echando una mirada rápida al equipaje acumulado en el fondo del callejón. Por la disposición desordenada y caótica, parecía que eran todos los elementos que habían descartado para el regreso, almacenados la mayoría a en cajas de madera humilde.

-Al parecer es lo único que nos queda por hacer, Amber

Alexander, que se encontraba a sus espaldas, posó su mano sobre el hombro de su compañera, intentando imbuirle algo de tranquilidad. Ella se limitó a dejar escapar un suspiro mientras apartaba la mirada de aquella escena.

-Sobreviviremos, como hemos hecho siempre.

-Lo sé, pero el problema es que no sabemos por cuanto más podremos antes de enfrentar las consecuencias.

El miró al cielo estrellado, salpicado por cientos de miles de puntos centelleantes en el firmamento. Las tres lunas, de diferente tamaño, brillaban con fuerza aquella noche con sus peculiares tonalidades correspondientes.

-Hoy las tres lunas son llenas, los astros están a nuestro favor. Puede que no acabe siendo un camino tan duro como lo que pensábamos.

Le dio una palmada amistosa en la espalda y la dirigió una sonrisa de tranquilidad. Ella se la devolvió mientras él se alejaba.

Si las tres lunas estaban llenas, aunque la magia estuviera casi agotada, ésta se vería más potenciada que en circunstancias normales. El camino a través del desfiladero sería largo, llevaría tiempo, pero si aprovechaban bien ese regalo que les había brindado la fortuna, se ahorrarían sufrimiento.

Se llevó la mano al pecho y cerró los ojos. En lo más profundo de su ser deseaba que todo saliese bien. Escuchó el latir de su corazón en silencio durante unos segundos, lo que la ayudó a liberar su mente.

-Que los tres alientos de Zahak nos protejan.

Los gritos incomprensibles de una persona en la distancia sacaron a Selenia una noche más de su delicado sueño. Se quedó mirando la pared sin saber muy bien cómo y cuándo recuperaría el cansancio que acababa de esfumarse.
Se levantó descalza y observó el exterior en busca de la causa, pero sabía bien que lo más probable es que fuera solo un loco con más alcohol de la cuenta encima.
Después del olor a tabaco, el hedor a alcohol era el segundo que más odiaba.

Echó una mirada rápida a su escritorio y después a su estantería llena de libros sin dueño concreto. La mayoría habían sido descartados o abandonados, quizá por repetición o por ser innecesaria su conservación, así que sus padres solían quedárselos por si servían de algo. Un gran número de ellos eran sobre temas acerca de botánica y geografía, pero algunos pocos y más viejos hablaban sobre mitología. De aquel tema los había leído todos, y no podía quitarse de su mente todas aquellas fantasías de un mundo que era más que obvio que no existía, uno que parecía más agradable que el actual, si es que alguna vez llegó a existir.

Agarró uno de ellos, que más que un libro parecía un cuaderno de viaje. Su cubierta de piel curada había sido tratada de forma artesanal y presentaba un estado de degradación algo avanzado. Sin embargo, era fácil de manipular y difícil de estropear al haber sido fabricado por manos expertas en la materia. Donde una vez hubo incrustaciones, posiblemente gemas y otras piezas preciosas, solo quedaba su sombra vacía. Por otra parte, en la portada, las únicas palabras legibles estaban en una lengua incomprensible, mientras que el resto eran imprecisas. Lo mismo se encontraba en su interior; un idioma muerto en la historia, donde cada una de las palabras escritas en sus hojas estaban ambas bien conservadas, pero que nadie era capaz de entender.

Se sentó en el suelo con la ventana a su espalda, apoyada en la pared, de forma que la luz de las lunas hacía las veces de lámpara.
Dibujos a mano hechos en pluma y carboncillo llenaban las cientos de hojas, sin un orden claro, que parecía narrar los descubrimientos y conocimientos del que una vez fue su dueño. No estaba allí para intentar descifrar lo que pusiera, ya que si ni los más entendidos habían sido capaces de leerlo, ella sería incluso menos capaz. Los dibujos de criaturas era lo que llamaba su atención.

Le gustaba empezar por el principio para no dejar atrás ninguna ilustración, pero aquel día algo llamó su atención por encima de todo.

«Los tres alientos de Zahak»

Sin una razón en particular, la primera palabra del libro sonó en su mente con claridad, aquel idioma se volvió tan legible como cualquier otro que hubiera visto. En general, tuvo la sensación de poder leerlo todo con facilidad, incluso cuando era consciente de que nunca había leído aquello en ningún otro lugar, ni siquiera estudiado aquella lengua.

Su confusión fue abordada y completamente consumida por su curiosidad, por un infinito sentimiento de fascinación por ser capaz de leer algo así por primera vez cuando nunca nadie había sido capaz. Todo su cuerpo estaba en tensión en aquel momento.

«Los tres alientos de Zahak imbuyeron el mundo de muerte, dolor y sufrimiento para dotar de sentido al mundo.
Llevaron a la muerte a los que buscaban descanso, dolor a los que no entendían el alivio y sufrimiento a los que negaban el amor. Su oscuridad cerró el circulo de la existencia, nos hizo conocer el sabor de la sangre para valorarla.» leyó en su mente mientras sentía una mezcla de angustia y duda. Si era cierto todo aquello, sonaba horrible y siniestro. Sin embargo, no podía evitar seguí leyendo.

«El corazón de Dahak se infectó de la eternidad que no pudo destruir, hundiéndose en su pecho bajo la tierra como su lecho de muerte, dejándolo sentir por siempre dolor y sufrimiento, muriendo eternamente sin llegar a fallecer. Su magia contaminada penetró en los corazones de sus hijos, cristalizó en ellos, condenándolos incluso antes de que su padre pudiera liberarse de ella. Ellos sufrieron su mismo y cruel destino, pudiendo vivir por siempre reencarnándose sin morir, recordando el dolor de su pasado. Rezumando disformidad.»

El dibujo que tan bien conocía que apoyaba el texto cobró sentido. Uno más siniestro. Una imagen antes curiosa se había vuelto una horrible ilustración; un dragón tricéfalo que, tras arrancarse el corazón y sostenerlo en su garra, acoge con sus alas a diversas criaturas mientras su sangre mancha la tierra.

«Esto es solo un libro, no tiene sentido» pensó mientras un escalofrío recorría su cuerpo «Nada de esto es real, si. Solo son cuentos.»

Arrojó el libro a la estantería y se refugió en la cama, cubriéndose por completo con las sábanas. Si le había quedado algo de sueño antes de leer el libro, todo vestigio de esa sensación se había esfumado. No entendía el porqué de sentirse tan afectada por solo unas palabras de un libro, ni tampoco como había sido capaz de llegar a leerlo con tanta facilidad cuando hasta ese momento solo habían sido garabatos extraños de otra realidad. Le fue más fácil creer que todo era una pesadilla.

Nada era seguro, menos el hecho de que algo dentro de ella estaba aterrado de toda la esencia de aquel objeto y lo que sus palabras transmitían.





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Mensaje por PolarWyvern 5/1/2021, 1:05 pm

Después de bastante tiempo, quizá demasiado (demasiado), me paso por aquí con el capítulo 1 corregido y preparado.
Hago mi llamado a [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] y a [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] para que vean que cumplo con mis promesas....con 6 meses de retraso xDn't

Disfruten todos, por favor. Espero.


[(Capítulo I:

Dependiendo de a que se aplique, el número 176008 puede ser un intervalo efímero o uno extremadamente insoportable. Para ella, había sido lo equivalente a más de 482 años, y el haber llevado la cuenta quizá había sido la razón por la cual todavía no se encontraba sucumbiendo a la locura.
Quizá el hecho de no tener forma física la había hecho resistente a ese suplicio, o simplemente es que ya había entrado en un estado de psicosis lo suficientemente profundo como para que su propia consciencia perdiera la noción del dolor.


Sin embargo, la cuenta de los días que llevaba allí podía ser inexacta; se había guiado más por su instinto que por el intervalo de luz-oscuridad, el cual no siempre era fácil de apreciar debido a su posición.
A veces oía algún ser vivo, y en una mezcla de curiosidad y entretenimiento, se colaba en sus pensamientos durante unos segundos hasta que el huésped se alejaba demasiado o a ella se le agotaban las fuerzas.
Ya no lograba diferenciar entre día y noche, entre frío y calor, porque todo aquello podían detectarlo seres vivos. Y ella no lo estaba. Y comenzaba a sentir su energía vital palpitar débilmente, como un pequeño pez fuera del agua en sus últimos momentos de agonía que se sacude inútilmente para llegar a una orilla que jamás alcanzará.
Para aminorar esa sensación de horror que sienten todos los seres vivos que están a punto de perecer, comenzó a aletargarse para no notar la pérdida de la vida que se le escapaba ininterrumpidamente.


Aquel día algo interrumpió su descanso, revolviendo la tierra que se encontraba a unos centímetros de su prisión. No se emocionó demasiado; al fin y al cabo, eso ya había pasado antes, y aunque ese algo o alguien que estaba hurgando en el suelo encontrara el cristal donde encerraron su esencia, no lograría romper el maleficio. La luz entró débilmente por los huecos entre la escasa tierra que estaba sobre su cárcel mágica, dándola el regalo de la tibia luz del sol hasta que algo volvió a obstruir el agujero. Por la esencia de aquel objeto, parecía un árbol diminuto, o quizá hasta un esqueje. No podía creerse que justo en ese punto de todo el planeta a alguien le hubiera dado por replantar un bosque. Realmente los humanos eran extraños, pero parece que incluso desde la ignorancia seguían siendo un estorbo para otros.
Cuando notó que la persona se había ido, incomoda por el hecho de que a alguien le había parecido cómico usarla a ella de sustrato para plantas, proyectó una mísera cantidad de su energía a propulsar la pequeña planta a unos metros. La energía, sin embargo, solo fue suficiente como para desplazarla unos escasos centímetros del propio agujero, pero era lo suficiente como para liberar el agujero de aquel molesto objeto.


Pero el humano volvió; en contra de su deseo de poder estar sola, aquella persona había vuelto a aquel lugar, y eso era un contratiempo imprevisto.
Al acercarse al agujero, pudo ver con más detalle a la persona culpable de toda aquella molestia; una niña, sin más. No era que le disgustaran más que los humanos adultos, pero al menos con los jóvenes era más fácil sacar algún beneficio debido a su ignorancia de lo que les rodeaba. No era experta en adivinar edades, pero aquella humana dando vueltas por el bosque debía rondar los 13 años, puede que incluso fuera una diferencia mayor debido a que no podía ver demasiado bien desde aquel ángulo.
Aquella joven observó el agujero como si este fuera a hablarla en cualquier momento, y después comenzó a mirar a su alrededor, posiblemente buscando a alguien, o puede que esperando no llegar a encontrarse a nadie. Al juzgar por su gesto, parecía más interesada en lo segundo, que por suerte parecía ser así, por lo que se apresuró a volver a colocar el árbol en su agujero. Pánico por más años de interminable oscuridad, o quizá mero deseo de poder seguir viendo la luz durante todo el tiempo posible, pero por absoluto instinto, alzó la voz en un "No" tan resonante como una avalancha furiosa.


Fue más que suficiente para que la joven cayese de espaldas de la impresión, de una voz súbita que parecía no tener un origen fijo, pero había sido capaz de levantar el viento en el lugar. Allí no había nada, ni nadie, y sin embargo había sido una voz tan poderosa que parecía como si el suelo se hubiera quebrado bajo sus pies en desaprobación. Intentó hablar, preguntar quién estaba allí, pero no fue capaz de hacer más que observar sus alrededores en alerta durante unos segundos donde no hubo reacción alguna. Así que decidió salir de allí lo más rápido posible, apresurándose a plantar de nuevo el árbol antes de irse, pero el agujero se había tapado ligeramente por alguna misteriosa razón, así que escarbó rápidamente para poder acabar su cometido y volver a algún lugar que sintiera más seguro.
Pero ahí había algo más. Algo frío, capaz de helarle las yemas de los dedos con el mero contacto de estos con la superficie de aquel objeto. La curiosidad, un resorte que pone en marcha un efecto mariposa incierto en el mundo, bien sea positivo o nefasto, la llevó a retirar ese poco más de tierra que la revelaría que había ahí abajo.
Para la criatura encerrada allí dentro, al principio, tras darse cuenta de que había revelado su posición no fue demasiado dilema. Tarde o temprano, la curiosidad humana habría llevado a alguno de ellos a encontrarla. En aquel momento no había ningún sentimiento claro o predominante. Al igual que la chica, sentía curiosidad por el siguiente evento que pasaría, pues más allá de eso estaba segura de que ni aquella imprudente joven o cualquier persona que pudiera conocer fuera capaz de liberarla. Por tanto, era como un viaje de exploración que le serviría para saber que hacen los humanos en un día normal de sus efímeras y monótonas vidas mortales.
Sin embargo, sabía que el más mínimo contacto sería suficiente para mostrarle a aquella chica lo lejos que estaba de poder soportar la magia en su pequeña mano. El ser humano no estaba hecho para soportar la magia en condiciones normales; requerían práctica, entrenamiento, un don quizá,...pero un humano sin más posiblemente se volatilizaría con la cantidad indicada de magia. Puede que incluso con un mero contacto.


La mano de la chica intentó rodear aquel objeto, y ante aquel frío punzante, la retiró, confusa acerca de a que se enfrentaba. Sacó del bolsillo de su abrigo un guante, convencida de que aquello sería suficiente, pero de nuevo aquel horrible frío incesante. Comenzó una pelea inconsciente entre la magia y la curiosidad humana, donde la insaciable curiosidad mortal ganó de forma pírrica.
Le ardía la mano, como si la hubiera mantenido hundida en aguas heladas durante minutos, perforándola el hielo como si fuera millones de alfileres; la sentía, pero escocía y costaba moverla, pero lentamente comenzó a recuperar la movilidad sin quitar de su cara aquella mueca de dolor.
La curiosidad llevaba siempre a las criaturas a hacer cosas dudosamente sanas, que en causas normales no se realizarían, pero dicho instinto o deseo no era capaz de aminorar el dolor que pudieran generar sus consecuencias.


El objeto que la había generado tanto dolor parecía una piedra preciosa; muy transparente, de un tono aguamarina brillante en el centro, que parecía desplazarse lentamente en contraste con el suave color azul celeste del resto del objeto. Por su forma ovalada carecía de bordes, de un tanto suave, y aunque parecía tener un aspecto frío, como si se tratase del propio corazón de un abismo insondable, aquella sensación estaba comenzando a dejar de existir. Como si fuera parte de ella.
Incluso aquello sorprendió a la criatura captiva en el interior de aquel objeto. No era un tema de compatibilidad con la magia, pues aquello realmente no existía con los humanos, ni tampoco era que ella le estuviese "permitiendo" tocarla; puede que porque su poder se había debilitado exponencialmente o mera suerte, pero aquella humana sostenía ya aquella piedra como si de un guijarro corriente se tratase.


No, no podía ser suerte. Por descarte tenía que ser que se estaba muriendo, incapaz de ser una amenaza incluso para humanos. Satisfecha con el hallazgo, la joven colocó el árbol en aquel hueco, sin ningún otro obstáculo mágico para evitarlo, e introdujo aquel objeto precioso en su bolsillo.
Las protestas de la presa en su interior no solo no podían oírse, si no que eran inútiles. Sentía a la chica desplazarse, posiblemente a su casa, donde acabaría colocando aquella bonita gema en algún lugar visible de su pared para jactarse de su descubrimiento arqueológico hasta que perdiera el interés por aquel descubrimiento o lo extraviase.
Era incapaz de reconocerlo, pero el calor dentro de aquel bolsillo era agradable, nada que ver con la humedad lodosa del suelo al que había estado acostumbrada por casi 5 interminables siglos. El calor no era su fuerte, prefería el frío, pero la humedad en exceso la había aborrecido durante todo su encierro. Fue hasta el punto que juró que, si alguna vez se volvía a encontrar con una sierpe mefítica, si es que realmente quedaba alguna, la ahogaría en los pantanos que tanto aparecían y ella tanto detestaba.
Sin embargo, si quería saciar su propia curiosidad y conocimientos escudriñando las mentes de los humanos que iba a encontrarse a partir de ahora, debía guardar fuerzas. Dentro de aquel estrecho abismo que la contenía contra su voluntad, comenzó a volver a entrar en uno de sus muchos letargos para poder sobrevivir un día más aunque fuera.


La tarde iba echándose encima, y a pesar de sus esfuerzos, llegó a casa cuando apenas debían quedar unos minutos para la completa noche. A pesar de ello, había bastante bullicio por las calles bajo la tímida luz de las farolas recientemente encendidas por la combustión del gas de su interior, así que podía entenderse que había una total ausencia de peligro a su alrededor. Sin embargo, era quizá la hora lo que más le preocupaba; en sus frecuentes salidas a las zonas circundantes de la villa y a la zona costera solía perder la noción del tiempo y, casi siempre, dejar olvidado en algún lugar de la casa su reloj de bolsillo, que nunca llegaba a mirar los días que llegaba a casa a horas tardías. Todo esto se traducía a que, realmente, no importaba si tenía o no un reloj, pues siempre acababa llegando tarde.
La gente se arremolinaba en los exteriores de locales esperando su turno para poder acceder a ellos y poder adquirir alguna consumición, o simplemente charlaban con conocidos acerca de diversos eventos de poco interés. Aún era pronto como para que las cosas se pusieran rudas por allí, pues normalmente durante las horas más tardías aquellos a los que pocos les importaba el efecto del alcohol iniciaban sus clásicas peleas nocturnas que rápidamente solían ser disueltas por los propios propietarios de los bares.


Sin embargo, lo único que le interesaba de algún modo de vuelta a su casa era el mercado nocturno que se formaba en una de las calles cercanas a su casa, del cual muchos evitaban las zonas referentes a todo lo relacionado con la supuesta magia; desde los dudosos adivinadores del futuro de una persona, hasta siniestras tiendas semiocultas en las sombras cuyos dueños nunca dejaban ver sus rostros o cuerpos, sino que solo se apreciaban sus siluetas cubiertas en sus oscuras capas en limitadas ocasiones, no dejando ver ni siquiera sus pies. Los bordes de sus largas vestimentas se arrastraban por el suelo a cada paso que daban mientras se desplazaban entre sus tiendas de telas y pieles.
Pero a ella aquello le fascinaba; observaba con detenimiento, pero a una distancia, los dibujos de las pieles que decoraban aquellos puestos ligeramente siniestros. Entre símbolos que no era capaz de descifrar, todos compartían el mismo motivo; la silueta de un cuervo rojizo, en ocasiones algo difusa por el paso del tiempo y la erosión, pero siempre adornando el exterior de la mayoría de aquellos recintos. Para ser exactos, solo todos aquellos que tenían un aire de secretismo poseían no solo dicho aspecto de pequeña tienda hacinada y poco cuidada, sino también aquel recubrimiento exterior de pieles curtidas llenas de aquella simbología.


La noche ya se había apoderado de aquel lado del mundo, donde la luz de la luna acompañó al de las calles nocturnas del pueblo, así que llegar a su casa ya era un tema de importancia. Se apresuró calle arriba, dirigiéndose a su casa y extrayendo del bolsillo una llave que había conseguido encontrar en uno de los cajones de la habitación de sus padres. Muy posiblemente no echaban de menos aquella copia, así que no era arriesgado seguir con aquella estrategia siempre que llegara antes que sus padres a casa. Por suerte para ella, les había sacado los minutos justos de ventaja como para que pareciera que había estado en casa todo el día.
Una voz familiar, aunque no bienvenida para ella, dijo su nombre. Prefería que le comiera alguna criatura de los confines del subsuelo, darse la vuelta y esconderse en algún lugar, pero aquella persona y sus acompañantes ya la habían cortado el paso.


-¿estás pasando de mi?


Aquellas palabras con tono burlón no la hacían mucha gracia; es más, la horrorizaba la propia presencia de todas aquellas personas a su alrededor. Quizá era su estatura menor a la de ellas, que no era algo que mejorara la situación, o que prácticamente no mostraba señales de oponerlas resistencia alguna al sentirse intimidada, o una mezcla de todo lo anterior.


Hacía cerca de 5 años que se habían mudado, a una distancia de unos doscientos kilómetros, por necesidades de trabajo de sus padres. Recordaba poco acerca de si había tenido realmente amigos en su tierra natal, pero al menos allí se había sentido protegida. Desde entonces, no se había llevado realmente bien con nadie, o al menos se sentía como si fuera un extraño. Pero lo peor era la sensación de rechazo, de que no encajaba en aquel lugar, de que cada vez que pisaba el colegio no lo hacía con intención de aprender algo si no de convertirse en el objetivo del acoso de aquellas personas.


-Te he hablado, ¿estas sorda ahora también, bicho raro?


Se limitó a morderse el labio inferior y poner la misma cara de siempre; de ganas de largarse de allí, de que la dejaran en paz. Ya ni siquiera entendía el porqué de aquella situación, del mismo modo que tampoco sabía cómo frenarla; a pesar de los intentos de sus padres por presentar quejas y calmarla, parecía que todos los demás hacían la vista gorda o les importaba más el prestigio que solucionar un problema de acoso. Pero eso ella no lo imaginaba, ella solo pensaba en esperanzas y soluciones que no llegaban nunca, de sensación de desolación que nadie a excepción de su familia quería paliar.
Aquella persona se puso a su lado mientras las demás se quedaban atrás, observando. La murmuró al oído, esforzándose por saborear cada palabra, de asegurarse de satisfacerse con el rostro de quien ella consideraba merecedor de aquel trato.


-Mejor muérete si no sirves ni para hablar


La frustración se mezclaba con su incomprensión, pero aquella sensación pesada que golpeaba su pecho en aquellas situaciones no evitaba que escuchara todo. Sin embargo, siempre la paralizaba el miedo porque las cosas pudieran empeorar incluso más allá de su propia imaginación en aquel momento.
Se fueron de allí, no sin antes empujarla hacía la pared con desprecio, riéndose de forma cruel mientras se regocijaban en sus propios comentarios calle abajo.
Solo le dio tiempo a apresurarse a abrir la puerta de casa, ciega de impotencia y cerrar la puerta a sus espaldas con desgana. Arrojó llena de frustración su abrigo a la cama y se dejó caer sobre ella, donde rompió a llorar durante unos minutos hasta que pudo controlar aquella creciente frustración, recuperando la compostura finalmente.
Se culpaba de ser débil, de nunca tener valor para detener aquello, e incluso sentía que era su culpa. Quizá en algún momento si que pudo haberlas hecho algo horrible para ellas que las impulsó a atormentarla de aquella forma.


El dolor de aquella persona podía sentirse desde lo más profundo de la prisión mágica en la que su alma se encontraba confinada. Hacía unos minutos que había estado en reposo, inconsciente de sus alrededores, pero parece que algo la había quitado el sueño. A pesar de lo poco que los humanos la interesaban en cuanto a sus problemas personales, quizá el hecho de haber estado casi 500 años en total soledad la hizo sentir una muy vaga empatía por ella. Quizá solo había sentido curiosidad, pero aquella persona la había sacado de debajo de la tierra, algo que nadie había hecho por ella en casi cinco siglos, y quizá aquello significara algo en particular. O quizá solo había sido suerte por parte de la joven.


El sonido de la puerta en el piso inferior hizo que se secara las lágrimas rápidamente, levantándose para sentarse frente a su mesa en un intento de fingir la situación mientras ojeaba el libro que había estado leyendo antes de decidir que había sido una buena idea salir fuera. La que abrió la puerta fue su madre, que llegaba a la hora habitual, por lo que no faltaba mucho para que su padre llegara también del trabajo. Subió las escaleras y se asomó al interior de la habitación, donde buscó a su hija.




-Hola cariño, ya llegué, ¿cómo has estado?


-...Bien, leyendo -puso todas las ganas que pudo en sus palabras, y parecía que su madre no sospechaba nada-


-Tu padre vendrá enseguida del trabajo. Seguramente ya esté de camino con tu hermano.


-Cierto, hoy tenía esa fiesta en casa de Ryan... -Pasó una de las hojas sin mucho interés en lo que ponía, ya que incluso si estuviera prestando atención, aquellas hojas no le interesaban tanto como las que estaban un poco más adelante- ¿cenamos luego? -preguntó con el fin de intentar hacer la conversación amena, escondiendo su dolor en cada palabra, tiñéndolas de una falsa alegría. Si no lo había conseguido, al menos sí que consiguió que no pareciera que estaba demasiado disgustada como para responderla. NI siquiera se atrevió a darse la vuelta por miedo a que su rostro reflejara demasiado bien la situación, así que todos sus esfuerzos, aparte de en no llorar, estaban en fingir-


-Claro hija, en cuanto ellos lleguen -sonrió- baja luego a poner la mesa -pidió mientras cerraba la puerta, dejando solo un pequeño espacio de esta abierto-



Un fugaz recuerdo despejó ligeramente sus preocupaciones en aquel momento; recordó aquella extraña piedra que había encontrado. Competía con las cabañas de los cuervos rojos calles más abajo en cuanto a misterio, y ya que no podía saber que había dentro de ellas por miedo a que realmente algo peligroso habitara en ellas, quizá esto si pudiera investigarlo.


En su afán de curiosidades que pudiera ocultar el aparentemente simple mundo que la rodeaba, se había hecho con suficientes libros que hablaban de leyendas y mitos que habían pasado de generación en generación entre las personas, narrando batallas contra criaturas de múltiples tamaños y formas que eran capaces de someter ejércitos enteros con su fuerza y poder. Seres nunca vistos que eran capaces de dominar cualquier lugar, incluso los que los humanos evitaban por los peligros que rodeaban aquellos lugares, conectando con fuerzas de la naturaleza que el ser humano no era capaz de comprender y voces que no les era posible percibir.
Aquellos libros los había conseguido gracias a sus padres, debido a que ellos tenían facilidad para hacerse con esos libros considerando el hecho de su libre acceso a los depósitos de libros de las bibliotecas de investigación. Habían conseguido llevarse algunas copias de los originales sin dificultad cuando se mudaron, y aunque ahora era posible que pudiera obtener acceso a más libros que le pudieran haber interesado, a decir verdad, los vigilantes del depósito de libros de puertoblanco no eran tan propensos a permitir que sus trabajadores, por muy fieles que fueran, se llevaran una copia a sus casas. Realmente echaba de menos Tarnorn y los recuerdos que allí había dejado, pero lejos de poder solucionar aquello, ahogó su desaprobación en la búsqueda de algo que explicara el porqué de aquella piedra. Podría preguntarle directamente a sus padres, pero la atraía más realizar una primera investigación independiente.


Aquella especie de enciclopedia estaba llena de ilustraciones a mano que describían y revelaban el aspecto de múltiples criaturas, fauna, geología y fenómenos que se creían relacionados con la magia. Sin embargo, debido a la negación que tenía aquel continente contra la magia que se decía que si existía en otros rincones del mundo, es que todo aquello lo hacía ver como meras historias fantásticas de un mundo que nunca existió. Lo único que tenía claro es que no era una gema sin más.

Se apresuró a cogerla para poder observarla más de cerca, pero se paró en seco; anteriormente, sabía el daño que la había hecho, y posiblemente fuera peligrosa, así que optó por volver a sostenerla con sus guantes, aunque la primera vez apenas fueron de ayuda. Sin embargo, esta vez no hacía nada, no heló sus manos. Parecía inerte, pero conservando su brillo inicial, quizá ligeramente más débil, pero existente. La posó junto al libro y lo abrió.

Dejó que las hojas pasaran rápidamente para llegar hasta la sección del libro que describía hallazgos de minerales y piedras que emanaban energías primigenias, provenientes de la propia magia que se mantenía latente en el mundo. Había ilustraciones de todo tipo; gemas que almacenaban la energía para poder usarla como batería en algún mecanismo, piedras de transmutación, de energía pura y vinculadas fuertemente a un elemento o propiedad, siendo capaces de emanarla con fuerza, aparentemente sin fin,... pero nada sobre aquella piedra en concreto, ninguna encajaba con las descripciones; cuanto más la observaba, menos le parecía una gema de verdad y más un objeto exótico, como de otro mundo.


Intentó buscar en otras partes del libro en caso de que aquella extraña piedra pudiera aparecer, sin ni siquiera ignorar apartados donde hablaran de cosas que, a simple vista, pudieran tener nula relación. Prácticamente ignoró la llegada de su padre y su hermano a casa, a los que saludó de forma rápida y sin mucho detalle.
Nada, no había nada que encajara con la descripción.
Comenzó a pensar que quizá había puesto mucho empeño en encontrar algo que no existía, con su posterior decepción acerca del tema. Y entonces, en la siguiente hoja, algo la llamó la atención. Algo en lo que no había reparado; la similitud de los símbolos que se encontraban en la hoja que había abierto de forma aleatoria y los de las tiendas cubiertas de pieles en aquellas oscuras calles. Y hablaba también de artefactos que, en su forma, se parecían a la piedra en cuestión. Casi no podía contener su alegría cuando los dibujos y descripciones se asemejaban a lo que buscaba.


-Krystalis octarino -leyó para sí misma- Gemas de pura magia y talladas con gran artesanía, capaces de contener los espíritus de criaturas, incluso tras la muerte de sus cuerpos, durante siglos.


Observó tanto el objeto como las ilustraciones con detenimiento minucioso. Si era verdad aquello, algo vivo podía estar ahí dentro, y la atemorizaba la idea de que pudiera tener malas intenciones. Aún así, de nuevo su curiosidad la impulsaba a saber más, a seguir leyendo.


-...Durante el conflicto de las edades, entre los utenmagis y los blodmagis, los seres humanos y los 'sangre mágica', fueron usadas para capturar las almas de las criaturas nacidas de la magia cuando cuerpos ya no eran capaces de soportarlas. Para su liberación se requiere un nuevo recipiente, un nuevo cuerpo de carne o magia, para que dichas almas sean capaces de perdurar en el mundo físico. La duración del alma en su interior es indefinida, siempre que el krystalis octarino posea aún energía en su interior para alimentar el alma que contiene.


Aquello no parecía real, y tampoco sabía si querría que lo fuera; si realmente había algo ahí dentro, era tan emocionante como terrorífico tener el alma de una criatura que posiblemente fuera capaz de reducir a escombros ciudades enteras en una sola noche. Sin embargo, también la fascinaba el hecho de que tenía cerca de ella algo que quizá jamás podría ver con sus propios ojos debido a las circunstancias. Aquello que se llamaba 'krystalis octarino' parecía estar relacionado con los residentes de aquellas siniestras tiendas asentadas en el callejón, por lo que se había convertido en la excusa y razón perfectas para entrar en aquel lugar para saber aún más.


La llamada de su madre, algo impaciente por el hecho de que aún no había bajado a cenar, la sacó abruptamente de su fantasía. Colocó rápidamente el krystalis octarino en un cajón de su mesa, tapándola con una tela, y bajó.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, deseó que fuera mañana.



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Mensaje por PolarWyvern 1/4/2021, 4:26 pm

Pues después de 3 meses y medio, aquí está el capítulo 2, ya subido a wattpad y ahora aquí.

Disfruten.

Por cierto, recuerden.

April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools April's fools


Capítulo ll: Sumisión y desconcierto:
La total ausencia de luz desde dentro de aquel espacio cerrado no era muy diferente a la que estaba acostumbrada a sentir por siglos bajo capas de húmeda tierra. Sin embargo, agradecía de algún modo haber dejado el suelo por el que había 'vivido' tantos años, teniendo por fin una rutina algo diferente con la que entretener el resto de su escasa existencia.

Aún tenía esa sensación de agotamiento encima, producto de siglos sin poseer un cuerpo; a pesar de lo que uno podría llegar a pensar, el cansancio no se limita solo a la percepción física, sino que las almas eran también capaces de sentir dicha sensación. Si aquellos iban a ser sus últimos días, al menos no serían desagradables.

Su reticencia al contacto humano luchaba contra su curiosidad, todo en un conflicto de ideales demasiado complejo como para ponerle un fin en aquel mismo instante. El ser humano era bien conocido no solo por su simplicidad frente a otras especies, sino también su pedante osadía, su creencia personal de que eran una especie superior e incluso afirmando ser la cumbre de una pirámide de seres vivos que ellos mismos habían creado en sus frágiles mentes. Aquella construcción fabricada humana se fundamentaba en que hacía años que los demás seres mágicos habían visto reducido su número a tal punto de, actualmente, considerarse extintos y erróneamente leyendas de seres fantásticos que contar frente a las llamas de la hoguera para asustar a los de corazones frágiles.

Los blödmagi; todo ser cuya sangre y alma estaba vinculada a la magia. Ahora eran considerados como historias para dormir a los niños traviesos. Desde que las últimas generaciones humanas nunca fueron capaces de ver uno con sus propios ojos, vivían en la falsa seguridad de que algo que consideraban irreal pudiera volver.
La magia existía aún así, pero había sido olvidada e incluso vista como un tabú. Lo había sentido durante los años en los que estuvo ahí dentro encerrada, esperando una muerte segura. Poco a poco, como si se tratara de agua goteando sobre el ávido suelo arenizado, la magia había entrado en un letargo mortal que había supuesto su lenta y agónica muerte. No era total, porque eso hubiera significado su muerte hace tiempo. Pero los resquicios de magia no eran suficientes para mantener con vida a todos los blödmagi por mucho tiempo.

Mientras sus pensamientos sobre el fin tráfico que había tenido la magia en aquel mundo inundaban su conciencia, notó la presencia de la chica entrar. Parecía agotada, no tanto como ella, pero si lo suficiente como para percibirlo desde unos metros. Pero más que agotamiento, se sentía como una profunda frustración que emanaba de ella, aunque no profundizó en detalles y dejó de prestar atención en los problemas que pudiera tener un humano.
Ahora su mayor preocupación era sobrevivir, aferrarse a una posible futura posibilidad de recuperar su libertad. Su curiosidad no podía competir contra eso, y los problemas que tuviera una niña no eran los suyos. En verdad, en el fondo agradecía el fortuito milagro, pero no sentía nada más allá de aquello.

Entró en letargo para ahorrar energía, que era lo más parecido a dormir para un cuerpo tangible. A diferencia de este, un alma despojada de su cuerpo no era capaz de soñar, así que durante su letargo el tiempo pasaba de forma natural, segundo a segundo, sin poder eliminar aquella sensación de pesadez.

El tiempo pasaba lento a su alrededor, así que su único pasatiempo era hundirse en el plano inmaterial y buscar algo que llamara su atención. De todo el tiempo que había pasado así, los últimos 400 años habían sido una sucesión de repeticiones del mismo ambiente, de la misma falta de magia y vida rodeándola, un recordatorio de lo que a ella le esperaba en un futuro más o menos cercano. Dejó su consciencia desvanecerse hasta caer en letargo, sacrificando la capacidad de sentir su alrededor a cambio de más tiempo prestado.

A unos metros, aquella chica no podía dormir, o ni siquiera ponía un interés fijo en intentarlo. Llevaba un tiempo indefinido observando el techo de la habitación, de vez en cuando se movía y miraba a un lado, atendía a los ruidos nocturnos, o simplemente escuchaba el silencio

Quizá la frustración la había bloqueado; pensar en la situación que había surgido de regreso a casa no era para nada agradable, y se repetía de forma similar con frecuencia cada día que Tanya se acercaba a ella. Ella y aquellas dos matonas que tenía por amigas la hacían la vida imposible sin que a ella la viniera a la conciencia una sola situación en la que las hubiera llegado a provocar.

Los recuerdos de su infancia más joven eran demasiado imprecisos y borrosos como para relacionar alguno con una situación que se pudiera catalogar como un catalizador de aquel odio hacia ella. Por mucho que se esforzara en entenderlo, lo único que había conseguido era hacerse más daño, y uno de los pocos oasis que le quedaban lejos de aquello era su casa. Con el tiempo había logrado fingir con bastante eficacia el creciente problema que la atormentaba cada día, pero eso solo funcionaba como una coraza al exterior del problema.

El dolor seguiría dentro. La soledad se mantendría como una mezcla volátil que amenazaría permanentemente con estallar con cada situación nueva. Las mentes jóvenes e inocentes son fáciles de invadir, de contaminar, de destruir, y poco a poco la ácida situación la erosionaba. Pero aún así, si era capaz de comprender el sufrimiento de sus padres cuando les explicó su problema. Ellos intervinieron, no hubo demasiado revuelo y nadie tachó de abusivo el trato que ella había recibido, pero lo que los demás vieron como una tontería de niños se fue convirtiendo en la razón de sus largas noches de insomnio. Y para evitar un mal día a la familia que tanto amaba, había estado subyugada a soportar la agonía de sentirse fuera de cualquier lugar.

El sueño fue devorándola no solo a ella, sino también a la tensión que tenía en el cuerpo y todas sus preocupaciones. Era consciente en el fondo de que, al día siguiente, la realidad la golpearía como una jarra de agua fría, pero la efímera sensación de paz entre aquellas sábanas era de las pocas cosas que calmaban su mente confusa.

El viento soplaba con ligera intensidad, con rachas de viento ocasionales que hacían silbar las tejas. Una llovizna suave pero continua dominó las calles, expulsando a los pocos que aún se mantenían a la intemperie a buscar refugio. Los bares calles más abajo se abarrotaron como cada noche, coincidiendo con el inicio de los espectáculos nocturnos de diversa índole. Los menos cuidadosos, que ya habían sobrepasado el límite de tolerancia de alcohol para ellos, se tambaleaban por las calles antes de dejarse llevar hasta la próxima taberna o su propia casa, no sin antes muchos de ellos tropezar repetidas veces seguido de improperios y balbuceos sin destino claro.

De las exóticas y hacinadas tiendas localizadas en aquel callejón, durante la noche se fueron vislumbrando lámparas de aceite iluminando las figuras que viajaban entre los habitáculos. A veces salían al exterior, extraían cajas de madera exquisita y bolsas de cuero ennegrecido, y las llevaban a otra. Era una acción frecuente, pero aquella noche el movimiento de material era mayor.

El vaivén errático de uno de ellos lo llevaron a tropezar en aquel callejón siniestro. La sarta de injurias entre balbuceos que salieron de su boca fue innecesaria para ser descubierto, ya que su mera presencia ya había sido suficiente para llamar la atención de aquellas personas. Una de ellas le hizo una señal a su compañero, para indicarle que fuera en su lugar.

-Ve, me encargo yo de esto -recogió la bolsa de su compañero y se alejó hacia el fondo del callejón, dejando el trabajo a buen recaudo-

Nadie se acercaba por allí, y si era solo un borracho seguramente nadie hiciera preguntas. Sin embargo, tendría que echarlo sin llamar mucho la atención, así que lo más sigiloso quizás fuese la intimidación. Bajo la capa sus dedos rozaron gentilmente el cristal pequeño localizado que guardaba en el bolsillo interior; tenía un color púrpura con vetas verdosas, del tamaño de una pequeña esquirla en forma de rombo bruto de unos 6 centímetros.

-Váyase de aquí -sentenció una voz femenina bajo la capa. Más que amenazadora, quiso sonar autoritaria sobre aquel hombre-

-Oh, no seas...así, guapa -eructó tambaleándose sobre la pared- Que haces aquí tan sola a estas horas? -mostró su intención de acercarse cuando se separó de la pared e intentó abrazarla-

Ella lo sostuvo de los hombros antes de que cayera, de modo que se encontraron cara a cara. El aliento nauseabundo a litros de alcohol concentrado golpeaba su rostro, era repugnante, pero iba a mostrarle algo aún más hediento y tenebroso.

-¿guapa? -bromeó con descaro mientras clavaba en él sus ojos verdosos en los de aquella persona, al que el alcohol no le dejaba ver el problema al que se enfrentaba- No creo que estés tan seguro de eso ahora

Sus ojos se tornaron en un instante en los de una víbora, deformándose lentamente su rostro, volviéndose bífido lentamente. La tonalidad de su piel comenzó a volverse morado verdoso a medida que se alejaba más y más de un rostro humano.
Mientras, parecía como si el alcohol en la sangre de aquel hombre se hubiera evaporado abruptamente. Abrió los ojos como platos mientras una densa atmósfera de miasma llenaba sus pulmones, comenzando a dificultarle la respiración. El horror en él se hacía más que obvio.

-¡S-Suéltame, bruja! -suplicó entre alaridos mientras intentaba escapar-

Ella no se lo puso difícil; se rió con un siseo y lo empujó ligeramente. El hombre basculó y logró torpemente recuperar el equilibrio solo para salir corriendo sin control como un pollo sin cabeza.

El rostro de ella volvió a la normalidad, pero seguía teniendo aquella mueca de burla hacia la reacción de aquella ignorante persona.
Se dio la vuelta y volvió a sus quehaceres, desplazando suministros entre los diferentes habitáculos.

-Veo que ya te has encargado del problema, Amber

-Sí, bueno, le tuve que enseñar los colmillos -cargó varias bolsas pequeñas en una mano y buscó algo que llevar con la otra-

-Vaya, creo que con un "Por favor" habría bastado -comentó en tono burlón, sin mucho atisbo de preocuparle la situación vivida a su compañera, ya que lo consideró una nimiedad-

-No creo que me fuera a escuchar de todos modos

Se separó de él, algo molesta por la falta de preocupación acerca del problema. El contacto humano la repugnaba, por no mencionar que la situación la había incitado a poder haber tomado alguna decisión de la que sabía que se habría lamentado más tarde.
Pero si no se había descontrolado enormemente la situación era porque su principal misión era la supervivencia, guardar fuerzas y salir de allí lo más rápido posible. No sabía por cuánto duraría el camuflaje que llevaban para pasar desapercibidos.

Una ráfaga de aire frío sacudió el callejón y la hizo estremecerse ligeramente, por lo que decidió alejarse hasta una de las tiendas más alejadas pero más grandes de todas. La tela granate oscuro se zarandeaba con el viento, dejando entrever de vez en cuando la entrada a la habitación. Sostuvo la tela con la mano y se introdujo en la estancia sin preocuparse mucho por quien pudiera estar dentro.

Un hombre encapuchado y una mujer, de mediana edad, conversaban en el interior a ambos lados de la mesa mientras marcaban con pluma localizaciones sobre un mapa envejecido. La mujer señaló un punto mientras se recogía su larga melena plateada y observó de reojo a Amber, a la que hizo una señal para que supiera que podía pasar. Mientras tanto, el hombre siguió ensimismado en su tarea de trazar líneas y circunferencias sin prestar atención a la visita.

-Hemos casi acabado con los transportes ahí fuera, aunque llevará tiempo preparar el transporte

-Aceléralo, no importa cómo.

El tono seco en la voz grave del hombre, que en ningún momento llegó a levantar la vista de su tarea, reflejó una notable tensión.

-...No creo que pudiéramos, sinceramente. -no entendía las prisas repentinas, ya que los días habían sido tranquilos, y se podría decir que siempre había sido así desde que llegaron-

El hombre se retiró la capucha, dejando que la tenue luz de las lámparas colgadas en el interior iluminara su rostro. Amber se encontró con dos ojos púrpuras intenso observándola con detenimiento, y con un rostro donde uno de sus lados presentaba pequeñas plumas de color oscuro en la barbilla. Solo observar aquello la hizo dudar, pero disipó sus dudas y puso en manifiesto lo inevitable.

-Nos estamos quedando sin tiempo -dictó el-

La mujer suspiró, señaló uno de los puntos del mapa y miró a la chica.

-Lo que Vordros quiere decir...es que nos hemos quedado sin tiempo. Tenemos que volver al bosque, buscar algún oasis mágico, quizá encontremos con que sobrevivir -trazó una línea con el dedo desde el punto donde se encontraban hasta uno de los círculos que habían dibujado-

La ruta los dirigiría hacia una zona que no habían explorado aún, en línea recta atravesando una zona montañosa para acabar en una zona en valle virgen, explorada pero sin restos de estar habitada por cualquier otro asentamiento. La falta de vegetación frondosa reducía las posibilidades de ocultarse, pero no era de mayor importancia si no había de quien esconderse. Sin embargo, aunque era un viaje de unos tres o cuatro días a paso moderado, el problema era más que visible.

-No podremos llevarnos todos los suministros encima, dejaremos mucho atrás

-Navír y yo lo hemos hablado. La energía de nuestras esquirlas de disformidad no podrá mantener el hechizo por mucho más tiempo

Amber lo sabía; aquellas plumas en su piel eran posiblemente la lenta pérdida de los efectos de la magia de conversión física. A medida que el hechizo perdiera intensidad, todos ellos comenzarían a agotar su propia esencia vital para poder mantener su capacidad de mantener a voluntad una de sus formas. Como cambiaformas, en circunstancias normales habrían sido capaces controlar ese cambio a capricho, pero se habían tenido que resignar a consumir magia externa para no agotar sus propias reservas internas. Si hubieran hecho eso desde un principio, ahora estarían muertos, y si se quedaban sin el efecto del hechizo, los matarían por verlos como monstruos.

-Dejó escapar un suspiro y los miró. Navír y Vordros parecían cansados, seguramente llevaban horas sin dormir, trazando rutas para llevar a salvo a todos los que se pudiera. Era duro, pero no tenía opción- Llevaremos solo lo indispensable entonces...

Amber se resignó a tener que asimilar que, ahora más que nunca, estaban en su límite vital. La magia moría, finalmente, y con ello lo haría una parte de todos ellos. Al compartir sangre humana de forma parcial, puede que algunos lograran sobrevivir con graves secuelas físicas y mentales; los testimonios de cambiaformas despojados forzadamente de su magia, la mayoría de veces, no se recuperaban del todo.

El daño físico era una tontería comparado con las secuelas psicológicas severas que se sufrían al perder tu esencia vital de aquel modo.

Y el mayor problema no radicaba en llegar o no a sobrevivir a esa situación. El peligro real venía con dichas secuelas; muchos, de seguir con vida, perdían la razón y solo veían como salida a aquel tormento mutilarse irreversiblemente hasta incluso fallecer. Mientras que otros, sin más, quedaban en un estado intermedio entre el monstruo y el humano, y perdieran o no su raciocinio, no les quedaba sitio en el mundo donde sentirse amparados.

Salió de la estancia con una sensación de incomodidad general en el cuerpo, echando una mirada rápida al equipaje acumulado en el fondo del callejón. Por la disposición desordenada y caótica, parecía que eran todos los elementos que habían descartado para el regreso, almacenados la mayoría a en cajas de madera humilde.

-Al parecer es lo único que nos queda por hacer, Amber

Alexander, que se encontraba a sus espaldas, posó su mano sobre el hombro de su compañera, intentando imbuirle algo de tranquilidad. Ella se limitó a dejar escapar un suspiro mientras apartaba la mirada de aquella escena.

-Sobreviviremos, como hemos hecho siempre.

-Lo sé, pero el problema es que no sabemos por cuanto más podremos antes de enfrentar las consecuencias.

El miró al cielo estrellado, salpicado por cientos de miles de puntos centelleantes en el firmamento. Las tres lunas, de diferente tamaño, brillaban con fuerza aquella noche con sus peculiares tonalidades correspondientes.

-Hoy las tres lunas son llenas, los astros están a nuestro favor. Puede que no acabe siendo un camino tan duro como lo que pensábamos.

Le dio una palmada amistosa en la espalda y la dirigió una sonrisa de tranquilidad. Ella se la devolvió mientras él se alejaba.

Si las tres lunas estaban llenas, aunque la magia estuviera casi agotada, ésta se vería más potenciada que en circunstancias normales. El camino a través del desfiladero sería largo, llevaría tiempo, pero si aprovechaban bien ese regalo que les había brindado la fortuna, se ahorrarían sufrimiento.

Se llevó la mano al pecho y cerró los ojos. En lo más profundo de su ser deseaba que todo saliese bien. Escuchó el latir de su corazón en silencio durante unos segundos, lo que la ayudó a liberar su mente.

-Que los tres alientos de Zahak nos protejan.

Los gritos incomprensibles de una persona en la distancia sacaron a Selenia una noche más de su delicado sueño. Se quedó mirando la pared sin saber muy bien cómo y cuándo recuperaría el cansancio que acababa de esfumarse.
Se levantó descalza y observó el exterior en busca de la causa, pero sabía bien que lo más probable es que fuera solo un loco con más alcohol de la cuenta encima.
Después del olor a tabaco, el hedor a alcohol era el segundo que más odiaba.

Echó una mirada rápida a su escritorio y después a su estantería llena de libros sin dueño concreto. La mayoría habían sido descartados o abandonados, quizá por repetición o por ser innecesaria su conservación, así que sus padres solían quedárselos por si servían de algo. Un gran número de ellos eran sobre temas acerca de botánica y geografía, pero algunos pocos y más viejos hablaban sobre mitología. De aquel tema los había leído todos, y no podía quitarse de su mente todas aquellas fantasías de un mundo que era más que obvio que no existía, uno que parecía más agradable que el actual, si es que alguna vez llegó a existir.

Agarró uno de ellos, que más que un libro parecía un cuaderno de viaje. Su cubierta de piel curada había sido tratada de forma artesanal y presentaba un estado de degradación algo avanzado. Sin embargo, era fácil de manipular y difícil de estropear al haber sido fabricado por manos expertas en la materia. Donde una vez hubo incrustaciones, posiblemente gemas y otras piezas preciosas, solo quedaba su sombra vacía. Por otra parte, en la portada, las únicas palabras legibles estaban en una lengua incomprensible, mientras que el resto eran imprecisas. Lo mismo se encontraba en su interior; un idioma muerto en la historia, donde cada una de las palabras escritas en sus hojas estaban ambas bien conservadas, pero que nadie era capaz de entender.

Se sentó en el suelo con la ventana a su espalda, apoyada en la pared, de forma que la luz de las lunas hacía las veces de lámpara.
Dibujos a mano hechos en pluma y carboncillo llenaban las cientos de hojas, sin un orden claro, que parecía narrar los descubrimientos y conocimientos del que una vez fue su dueño. No estaba allí para intentar descifrar lo que pusiera, ya que si ni los más entendidos habían sido capaces de leerlo, ella sería incluso menos capaz. Los dibujos de criaturas era lo que llamaba su atención.

Le gustaba empezar por el principio para no dejar atrás ninguna ilustración, pero aquel día algo llamó su atención por encima de todo.

«Los tres alientos de Zahak»

Sin una razón en particular, la primera palabra del libro sonó en su mente con claridad, aquel idioma se volvió tan legible como cualquier otro que hubiera visto. En general, tuvo la sensación de poder leerlo todo con facilidad, incluso cuando era consciente de que nunca había leído aquello en ningún otro lugar, ni siquiera estudiado aquella lengua.

Su confusión fue abordada y completamente consumida por su curiosidad, por un infinito sentimiento de fascinación por ser capaz de leer algo así por primera vez cuando nunca nadie había sido capaz. Todo su cuerpo estaba en tensión en aquel momento.

«Los tres alientos de Zahak imbuyeron el mundo de muerte, dolor y sufrimiento para dotar de sentido al mundo.
Llevaron a la muerte a los que buscaban descanso, dolor a los que no entendían el alivio y sufrimiento a los que negaban el amor. Su oscuridad cerró el circulo de la existencia, nos hizo conocer el sabor de la sangre para valorarla.» leyó en su mente mientras sentía una mezcla de angustia y duda. Si era cierto todo aquello, sonaba horrible y siniestro. Sin embargo, no podía evitar seguí leyendo.

«El corazón de Dahak se infectó de la eternidad que no pudo destruir, hundiéndose en su pecho bajo la tierra como su lecho de muerte, dejándolo sentir por siempre dolor y sufrimiento, muriendo eternamente sin llegar a fallecer. Su magia contaminada penetró en los corazones de sus hijos, cristalizó en ellos, condenándolos incluso antes de que su padre pudiera liberarse de ella. Ellos sufrieron su mismo y cruel destino, pudiendo vivir por siempre reencarnándose sin morir, recordando el dolor de su pasado. Rezumando disformidad.»

El dibujo que tan bien conocía que apoyaba el texto cobró sentido. Uno más siniestro. Una imagen antes curiosa se había vuelto una horrible ilustración; un dragón tricéfalo que, tras arrancarse el corazón y sostenerlo en su garra, acoge con sus alas a diversas criaturas mientras su sangre mancha la tierra.

«Esto es solo un libro, no tiene sentido» pensó mientras un escalofrío recorría su cuerpo «Nada de esto es real, si. Solo son cuentos.»

Arrojó el libro a la estantería y se refugió en la cama, cubriéndose por completo con las sábanas. Si le había quedado algo de sueño antes de leer el libro, todo vestigio de esa sensación se había esfumado. No entendía el porqué de sentirse tan afectada por solo unas palabras de un libro, ni tampoco como había sido capaz de llegar a leerlo con tanta facilidad cuando hasta ese momento solo habían sido garabatos extraños de otra realidad. Le fue más fácil creer que todo era una pesadilla.

Nada era seguro, menos el hecho de que algo dentro de ella estaba aterrado de toda la esencia de aquel objeto y lo que sus palabras transmitían.





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Mensaje por PolarWyvern 5/8/2021, 11:52 am

[Capítulo número III ya disponible en wattpad]
(link en el primer mensaje)


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